Nada sino el Evangelio

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La verdad del evangelio impregna todo lo que Pablo escribió. El evangelio estaba en el centro de sus pensamientos en todo momento y eso era deliberado. Él escribió: «Me es impuesta necesidad; y ¡ay de mí si no anunciare el evangelio!» (1 Corintios 9.16). «Pues me propuse no saber entre vosotros cosa alguna sino a Jesucristo, y a éste crucificado» (1 Corintios 2.2). «Pero lejos esté de mí gloriarme, sino en la cruz de nuestro Señor Jesucristo, por quien el mundo me es crucificado a mí, y yo al mundo» (Gálatas 6.14). «Así que, en cuanto a mí, pronto estoy a anunciaros el evangelio» (Romanos 1.15).

Todos los apóstoles tuvieron papeles importantes que desempeñar en la fundación y la extensión de la iglesia primitiva. Juan fue el único que vivió hasta la vejez y el resto de ellos fueron mártires, comenzando con Jacobo, a quien Herodes «mató a espada» (Hechos 12.2). Algunos de ellos llevaron el evangelio hasta los límites más lejanos del mundo conocido. La historia de la iglesia primitiva registra, por ejemplo, que Tomás llegó hasta la costa oriental del subcontinente indio. La leyenda dice que Natanael (llamado también Bartolomé) llevó el evangelio a Armenia y fue martirizado allí.

Nadie hizo más que Pablo para difundir el evangelio por todo el Imperio romano.

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