Amor por la Biblia

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Delante de mí, sobre la mesa, reposa la gastada Biblia de letra gigante que recibí de mi viejo pastor. La cruz grabada en oro sobre la tapa responde con destellos a la caricia del sol. «Nací a la sombra de la cruz, quiero vivir anclado a ella y que sea la escala que me alce a su presencia cuando llegue mi tiempo». Así decía con frecuencia mi viejo pastor.

¡Y cómo amaba su Biblia! Las hojas, amarillentas y rizadas por los bordes, muestran casi todos los versículos marcados con diferentes colores. Los últimos que subrayó, estando ya cerca su partida, más que marcados parecen tachados, pues la enfermedad le robó su pulso firme —le robó casi todo—, pero no atenuó la pasión con la que el anciano acudía a diario a la Palabra. «Más de cien veces la he leído, la mitad de ellas de rodillas, y siempre me dice algo nuevo». Sus ojos mostraban un fulgor radiante cuando lo decía.

No era presunción, sino gratitud, lo que desprendían sus palabras.

 

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